Amanece en la selva que nos envuelve con sus sonidos de vida madrugadores, con sus olores a hierba fresca. Exóticos pájaros cantan con ritmos a punto de convertirse en una canción tipo bossa nova. Todo el verde que nos rodea rebosa alma.
Luego, mas avanzado el día, recorremos caminos entre la selva y poblados de agricultores. La naturaleza nos envuelve y parece imposible pensar que hay personas que viven en estas tierras. Cuando cruzamos sus poblados con el convoy salen a las puertas de sus casas y nos saludan con la mano. Los niños se ríen a carcajadas y corren detrás de las pick-up con los brazos extendidos intentando alcanzarnos.
Niños cuyas madres levantan cada día África, y la amamantan con sus pechos desgastados, pero ellas siempre resisten con sus bebés en brazos. Con la mirada firme y segura hacia el mañana.
Benditas madres que nos crían, nos enseñan y nos quieren. Benditas también las madres que están aquí como misioneras, trabajando cada día en la preciosa tarea de la enfermería.
Yo amo África, a sus gentes y a las madres. Pero creo que jamás podré amar a algo o a alguien más que a la mía.
El día se despide en el poblado de los Baka, una de las últimas poblaciones de pigmeos que persisten. Cazadores nómadas que nos acogen en sus casas de hojas de palmera con olor a humo.
Me quedó así, tumbada en la hierba de la selva con los cánticos de los Baka de fondo y mirando este cielo repleto de estrellas. A veces, sólo si cierras los ojos, puedes sentir África así: impregnada en la voz de estos niños y niñas que nos trasladan siglos atrás, a las civilizaciones más antiguas. Y puedes confundir las luciérnagas que revolotean a tu alrededor con las estrellas.
Mañana seguiré aquí y despertaré en estas tierras rojas de nuevo.
Despertaré de mis sueños para entrar en otro…
bananas y poquepic
casas en el poblado baka
mujer baka dando el pecho a su bebé
Fotografias de J.l.Cuesta





